Celular: exposición y adicción
Adicción
La adicción es un término genérico que contempla el consumo problemático de sustancias, de situaciones u objetos, que perjudican la salud, los vínculos y generan deterioro psicofísico en el sujeto que la padece. Al ser un concepto amplio, nos vamos a centrar en una variante para poder comprenderlo, que está creciendo al ritmo de los avances tecnológicos: el celular.
El significado de la palabra adicción se suele malinterpretar como: “aquel que no puede decir”. Podríamos acordar con que la persona adicta tiene una dificultad para la comunicación o, en todo caso, que está distorsionada. El prefijo “ad” significa intensidad, diccere “dirección”. Se lo utilizaba en la antigua Roma para designar a personas que ya estaban entregadas, generalmente por una deuda que no podían pagar, se transformaban en esclavos. Entonces bien, la acepción más correcta sería esclavo y entregado al celular.
La adicción tiene algo de esclavitud, de cárcel con puertas abiertas (Calamaro, 1997), aunque esas puertas abiertas son más bien una ilusión, ya que cuando se llega a un estado de consumo problemático uno piensa que la vida es la sustancia y la cárcel todo lo que no permite el fácil acceso a la misma.
La adicción tiene un componente compulsivo, es decir, el sujeto no puede medirse, ya hace tiempo que perdió un velocímetro. Una vez que está en marcha, no hay freno, tampoco se trata de voluntad, ya que se ve alterado el circuito cognitivo de placer-recompensa-supervivencia. El adicto siente el deseo de volver a la sustancia como cuando uno pasa mucho tiempo sin comer y tiene verdadero hambre, esa sensación de hambre es parecido a la necesidad de volver a la sustancia u objeto, aunque en este caso sepa que le produce daño. Pero no le alcanza con el saber, porque una vez que la adicción se consolida, por lo general se utiliza la racionalización para justificar el propio consumo.
El celular es un dispositivo móvil y multifunción; nunca hubo antes en la historia un artefacto que las personas porten casi las 24 h. De su vida de forma voluntaria, hoy el celular cumple muchas funciones: vigilancia, comparación, contacto, pertenencia, recuerdo, reuniones, evasión, ocio, etc. Hay algo de ese espejismo polimorfo, saturado de colores y mutaciones, que es lo que lo hace atractivo, y peligroso. No alcanzaría este espacio para profundizar en alguno de los posibles riesgos psicológicos del abuso del celular, pero sí me gustaría al menos hacer una reflexión sobre los sujetos más vulnerables, por definición, los menores de edad.
Niños expuestos
No solo se “exponen” ellos mismos a miradas ajenas si tienen acceso a redes, lo que es peor, también los exponen los padres voluntariamente, quienes deberían resguardar su intimidad, según decreto y declaración internacional de los derechos humanos y la Organización Mundial de la Salud (OMS), 2022. Pero ni siquiera esta célula básica social garantiza hacer cumplir este derecho esencial, incluso las mismas instituciones que se encargan de formarlos, también los exponen muchas veces sin permiso de los padres, que por lo general son los menos quienes se oponen a estas prácticas porque, está tan naturalizado, que a nadie le parece que se está vulnerando la intimidad de un niño cuando se sube una imagen de él a las redes sociales. Pero la realidad es bien distinta. En primer lugar, en internet casi no existe el “olvido”, podrán pasar años y su imagen seguirá orbitando por servidores abandonados. También existe una red paralela, oculta, que se encarga de traficar con imágenes infantiles. Hoy la imagen que se sube a las redes va asociada a la geolocalización por lo cual es muy fácil saber los movimientos del niño o ubicarlo, el niño si es expuesto comienza a compararse con otros que fueron expuestos en la misma vidriera consolidando las bases de un sí mismo frágil basado en la comparación. Era la adolescencia el momento típico donde el individuo construía su identidad junto a sus pares, confrontando la narrativa familiar para encontrar la propia, tomando lo que consideraba mejor de su origen. Hoy no hay narrativa que pueda cuestionarse porque, no hay derecho a olvidar, todo está ahí para ser revisitado, o ser usado como medio de acoso. En la búsqueda de la individualidad, la virtualidad nos homogeneiza, somos una ecuación dentro del algoritmo espejo de nuestros deseos materiales.
Cabeza borradora*
¿Por qué hacemos lo que hacemos?
Esta pregunta que debería ayudarnos a conducirnos con moderación en la vida, esconde una gran complejidad, como todo lo simple, pero intentemos el juego de responder: ¿Qué hay detrás de la exposición virtual? La respuesta puede ser incómoda: necesidad de valoración, autoaprobación a través de la imagen que devuelven las redes, necesidad de reparar una autoestima frágil, entre otras. ¿Qué se esconde detrás del uso desmedido del celular? Puede ser ansiedad, evasión, sensación de perderse algo, necesidad de pertenencia o vía de escape a una vida angustiante.
La angustia y las necesidades humanas están allí para alertarnos, Freud(2) la llamaba angustia señal, el problema es que esa señal suele generarnos malestar e intentamos aplacarlo de forma rápida, pero esto solo produce que crezca, como canta Thom Yorke en su disco solista “The eraser”(2): “cada vez que intentas borrarme, más crezco y aparezco”. La señal está para ser decodificada, como si apareciera en un lenguaje olvidado, en donde el sentido de las palabras solo nos pertenece a nosotros y junto a un otro podemos emprender el camino del significado al que nos convoca la angustia.
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Referencias
*el término del título hace alusión a la película homónima del reciente fallecido, el cineasta (y psicólogo) David Lynch
1: Calamaro, A. (1997). Media Verónica.
2: Freud, inhibición, síntoma y angustia. Ed. Amorrortu. Buenos Aires
3: The eraser, Thom yorke. (2006)