Pandemias silenciosas

“La pandemia había suprimido los juicios de valor. Se volvía natural y evidente lo que en tiempos normales parece incomprensible” (…) “el problema de la peste no es que corrompe los cuerpos, sino que desnuda las almas”, A. Camus (La peste).

La peste

La pandemia mundial del COVID-19 y su aislamiento decretado hace cinco años, dejó miles de muertos tras su paso (130.000 solo en Argentina), negocios quebrados, gente sin trabajo, adolescentes aislados, jubilados solos, niños sin interacción con pares, adultos deprimidos, meros ejemplos de las tantas expresiones que adoptó el cataclismo. Pero fue, a pesar de toda su desgracia, un mal común, que, en mayor o menor medida, todos tuvimos que afrontar. Los medios tradicionales y las nuevas tecnologías lo cubrían el día a día: los desarrollos de las vacunas, los avances y retrocesos, tanto de la epidemiología de la enfermedad como en su consecuencia socio-afectiva.

Hay pandemias que revisten la misma gravedad que aquella que nos aquejó a todos, pero que, sin embargo, parecen solo adquirir su verdadera dimensión en el espacio clínico, ya que en la sociedad de alguna manera están naturalizadas (o avaladas). Hablamos específicamente de los trastornos de la alimentación, y el consumo problemático de sustancias, situaciones y objetos, por nombrar las más frecuentes.

Compulsión y control

Parecen dos términos inconexos entre sí, pero la realidad es que en psicología van de la mano. Frente a un mundo que se percibe como caótico (des-control) y donde es difícil sentar las bases de una identidad estable, el sujeto extraviado intenta controlar donde se siente desbordado. Los destinos de este control pueden ser de lo más variado, en un amplio espectro que va desde la necesidad de comprobar el celular varias veces por minuto hasta desórdenes alimenticios. Estos últimos son, a su vez, complejos y múltiples, y cada individuo que lo sufre tiene su forma de expresión particular.

Sin embargo, intentaremos esbozar unos rasgos generales. Puede comenzar de forma insidiosa, disfrazada: una dieta, restricción de alimentos ocasionales, incluso a veces adquiere la forma de un vegetarianismo extremo. Luego se pasa a una segunda fase, donde el control deja lugar a la obsesión: etiquetas, calorías, balanzas, espejos, azúcares, salteo de comidas, se restringe aún más el rango de alimentos, la persona siente que tiene control sobre su vida, tiene como un sentimiento de superioridad e incluso de euforia, mientras tanto su autoestima se derrumba en su interior.

Se bifurcan y agravan las manifestaciones clínicas, desde amenorrea, falta de sueño, bajo peso, baja de defensas, desnutrición, atracones y vómitos. Para contrarrestar este despliegue de síntomas, se distorsiona la imagen corporal (que es la representación del cuerpo que tiene el sujeto de sí mismo). El sujeto comienza a sentir que pierde el control, se sigue viendo fuera de unos estándares cada vez más tiránicos. Y el ciclo continúa en una espiral descendente que moviliza a la persona a las fronteras mismas del vacío (1).

Causas

Todo trastorno psíquico es multifactorial, tenemos, por un lado, factores hereditarios (la predisposición a enfermar), factores socio-ambientales (economía, imperativos de la sociedad de consumo, los grupos de pares y familiares), y factores individuales (la propia subjetividad, los modos de afrontamiento, la personalidad, el temperamento, entre otros). Esa conjunción dinámica heterogénea provoca un cuadro clínico homogéneo, es decir, con signos y síntomas reconocibles, pero antes de llegar al síndrome es importante saber dos cuestiones fundamentales: reconocer las primeras señales y prevenir correctamente.

Señales de alerta

Decía el poeta Rilke (2) en una de sus cartas que los almuerzos y las cenas no son solo una mera cuestión nutritiva, sino que son momentos o pequeños rituales donde el ser renueva la vida, es decir, se revitaliza para volver a integrarse a la corriente vital.

La hiperproductividad como valor que plantea nuestra sociedad atenta contra el momento calmo de alimentación que plantea Rilke. André Green, un reconocido psicoanalista francés, decía que la productividad nos muestra la cara más cruda de la pulsión de muerte (3). En un mundo sin tiempo, saltarse una comida está naturalizado, pero no debería ser así. Las comidas, como el sueño, dan un encuadre a la vida, nos ayudan a establecer ciertos límites para poder movernos dentro de ellos con libertad.

El sueño es otra de las señales, que se altera en las primeras etapas del trastorno, es muy difícil dormir con hambre. Si una persona pasa horas con las pantallas a la noche, puede ser la señal de que está pasando algo más en su vida, algo que no lo deja entregarse, porque dormir es en cierto punto una confianza hacia la vida, una entrega, es saber que la vida nos está esperando, que va a estar ahí luego del teatro del sueño.

Hide and seek

Hay factores protectores frente a la posibilidad de desarrollar una patología, y uno de ellos, quizás uno de los más importantes, es el apoyo afectivo. Esto que pareciera algo obvio (aunque lo obvio, suele ser lo más difícil) es complejo, porque requiere estar disponible, que no es lo mismo que estar presente. Saber de los tiempos del otro, saber cuándo acceder y cuándo dar espacio, poner en palabras las emociones, los temores, no escondernos en una supuesta seguridad, sino compartir el problema para aligerar la carga, y elaborarla en conjunto. Los adolescentes, (población vulnerable), se esconden, buscan su propia identidad, quieren desafiar lo establecido, pero a veces también piden a gritos de nuestra escucha, y es ahí donde hay que generar el espacio suficiente para comprender su problemática.

Help!

Todos conocemos la canción, pero ¿en verdad la conocemos?

“”(…)Cuando era niño sentía que no necesitaba de ayuda, pero ya no me siento seguro de mí mismo. Mi mente cambió al abrir mis puertas:

Ayúdame si puedes, me siento deprimido, y de verdad aprecio que estés disponible, ayúdame a volver a la realidad.

Mi vida cambió de muchas formas, mi autonomía se desvanece en la bruma, y me siento muy inseguro, solo sé que te necesito como nunca antes. Ayúdame si podes, me siento deprimido“” (4).

Estaríamos de acuerdo en que podría ser una letra de Radiohead, detrás de la creatividad melódica única que tenía el conjunto inglés se esconde un grito desgarrador de ayuda, un grito sofocado, parecida a la ayuda que a veces pide, con muchas defensas, la persona con trastornos de alimenticios, especialmente en la adolescencia. Estar atentos a ese silencio que se disfraza de irritación, actitud desafiante y opocisionista, para generar un espacio de diálogo verdadero, es una de las herramientas que tenemos para preparar el campo para la ayuda.

No todo es lo que parece, a veces ciertos actos significan su contrario, es complejo decodificar la conducta humana, por eso frente a cualquier indicio de duda es importante recurrir a un profesional de la salud y pedir consejo.

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(1) Véase espacios vacíos: https://www.hernanconnell.com/escritos-y-publicaciones/espacios-vacos

(2) R.M. Rilke, Cartas a un jóven Poéta, Alianza editorial.

(3) A. Green, Pulsión de vida y pulsión de muerte, Amorrortu.

(4) J. Lennon y P. Mcartney, 1965.

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