Un mundo feliz

El siguiente artículo está dedicado a Patricio Connell, un ser creativo, tanto en la expresión artística como en la reflexión social. El texto surge de nuestros asiduos diálogos:

¿Es el nuestro un mundo feliz?

Un simple dato nos diría que nó, un solo país gastó cuatrocientos cincuenta y seis mil millones de dólares en armamento, solo en 2024 (4).

¿Si es un mundo triste por qué insisten en que lo veamos como feliz?

Porque si lo vemos como feliz, dejamos de ver los problemas; Las muertes en vano, la hambruna, las vidas truncadas, el exilio. Y la tristeza no es amiga del consumo, así que es mejor hacernos sentir que nuestro mundo es feliz, quizás demasiado feliz.

Pioneros del futuro

Un mundo feliz (1) es una novela de ciencia ficción de Aldous Huxley publicada en 1932, misma época en que Freud publicaba “El malestar en la cultura” donde otorgaba mayor precisión al concepto de angustia. La historia de Huxley nos narra una sociedad futura donde todo está controlado para que las personas sean “felices”. El concepto de la felicidad es: “”sin conflictos ni sufrimiento”, todo lo que produzca angustia debe ser aplacado, aniquilado.

La tecnología domina cada aspecto de la vida: desde el nacimiento en laboratorios hasta la eliminación de la familia y las emociones profundas. La gente es condicionada para aceptar su rol en la sociedad y se mantiene tranquila gracias al soma, una droga que elimina cualquier malestar.

Nuestro soma

Es sorprendente la actualidad de la novela, casi cien años después de publicada. Existe una semejanza con el entramado socioeconómico y el control emocional de nuestra época. Quizás podríamos conjeturar que no es una droga única la que hoy calma al sujeto de cualquier inquietud existencial (como el soma en la novela), sino una multiplicidad de ofertas que adoptan distintas formas, pero que tienen ciertos rasgos en común, a saber: producen evasión, suelen tener un valor de mercado (un negocio detrás), aparecen en forma de consumo inmediato (celulares, dispositivos, sustancias, series de TV) y provocan un alivio distractivo. Además, alimentan un deseo, creando la rueda infinita de necesidad-satisfacción efímera y creación de vacío existencial. El soma de la novela es omnipresente en nuestra época, porque el soma es la sociedad de consumo capitalista en la que estamos inmersos. Fue aún más eficaz los modos que adoptaron las grandes empresas tecnológicas de lo que pensó Huxley, porque a diferencia de la novela, uno ni siquiera se da cuenta de que lo está consumiendo, cuando queda obnubilado por una pantalla, por un objeto siempre cambiante de deseo.

Humano, demasiado humano

No hay amor, ni arte verdadero, ni libertad individual. Todo se sacrifica por la estabilidad y el consumo constante.

¿Hablamos de la novela o la realidad? Sacrificarlo todo por una supuesta felicidad hedonista, puede ser un buen negocio material, pero no humano. Porque justamente nos deshumaniza, en cambio, reconocer el límite, aceptar que el dolor es esencial a la vida, así como la alegría, es lo que nos reconcilia con nuestra condición específica, no podemos ser algo que no somos, a menos que nos transformemos en algo distinto: imágenes, reels, objetos para ser consumidos.

¡Hola, #Baudrillard!

Me veo tentado de molestarlo anteponiendo el hashtag (otro invento epocal) a su nombre. Buñuel estaría alcanzándole un teléfono y quizás me llame hoy por la noche (2).

-Hiperrealidad! exclamaría, no sin cierto enojo-: las fotos que guardamos en el celular son más reales que la realidad, ya que el olvido tiene su atribución psíquica (nos ayudan a elaborar el duelo, la temporalidad, el cambio, entre otras funciones). Los simulacros, la big data, la IA, que ya habitan con nosotros, entraron en nuestro hogar, casi sin que nos demos cuenta. En un mundo feliz, la sociedad vive en una hiperrealidad fabricada: la educación y el condicionamiento desde el nacimiento aseguran que los individuos no puedan siquiera imaginar una realidad diferente. Creo que ya no hace falta aclarar cuando hablamos de la novela, porque en esta parte la fusión con nuestra realidad es total.

Este control simbólico se manifiesta principalmente en las redes sociales, la publicidad y la cultura del consumo masivo, que producen una ilusión de conexión, éxito y felicidad que, en muchos casos, no tiene correlato en la vida real, creando un juego de marionetas.

La imagen del éxito es más importante que el deseo auténtico del sujeto, el Otro toma un lugar todopoderoso y omnipresente. Ya lo había dicho también Schopenhauer(3), la sociedad puede dejar de adorar a un Dios, pero necesita un amo para responder como esclavo. Podemos dilucidar por dónde emerge hoy nuestro nuevo control. La vida vivida a través de pantallas puede terminar siendo habitada como si fuera la experiencia directa. Socavando la autoestima, desplazando los cuerpos, los aromas, los silencios, la fantasía.

Todo se pierde en la inmediatez de la sobrestimulación sensorial, diluyendo la capacidad de las personas para distinguir entre lo real y lo artificial. El desafío psicológico es cómo recuperar la autenticidad en un mundo saturado de simulacros, donde la búsqueda de comodidad y placer inmediato puede llevarnos a perder el contacto con nuestra propia subjetividad. Al menos plantearnos esta pregunta, es un primer paso para cuestionar lo impuesto.

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Referencias

(1) Un mundo feliz, Huxley

(2) Esta referencia hace alusión a la película canónica “El fantasma de la libertad” de Luis Buñuel

(3) El mundo como voluntad y representación, Arthur Schopenhauer

(4) https://www.pressreader.com/argentina/la-nacion/20250213/281560886508816

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