Egocéntricos

 

El presente artículo tuvo su origen embrionario en un diálogo con Guillermo Connell. Aprovecho esta mención para saludarlo por su cumpleaños y dedicarle la siguiente reflexión, fruto de nuestro intercambio de ideas.

En el centro, el ego

El ego, entendido hoy como el culto a sí mismo, suele utilizarse para describir una personalidad con tintes narcisistas y fantasías de superioridad. En estas personas, los sentimientos y necesidades personales son prioritarios, mientras que los demás son percibidos desde un prisma utilitario. Es decir, las relaciones se valoran en función de lo que puedan aportar al sostenimiento de su autoimagen. Así, pueden mostrarse como excelentes amigos si hay un objetivo latente que fortalezca su ego, pero esa actitud puede desvanecerse rápidamente cuando no perciben un beneficio personal en los vínculos.

Desde las primeras conceptualizaciones en psicoanálisis, el “ego” o “yo” aludía a una instancia psíquica mediadora entre las exigencias pulsionales del ello, las demandas morales del superyó y las condiciones de la realidad (Freud, 1923). En términos saludables, el yo busca adaptarse al entorno a través de mecanismos como la sublimación, la represión o la descarga. Sin embargo, cuando el yo pierde dinamismo y queda fijado en un estado regresivo o infantil, se produce una solución de compromiso en forma de síntoma, que Freud describió como una señal del conflicto intrapsíquico no resuelto.

Un ego desmesurado o inflado suele carecer de flexibilidad y está sostenido por una omnipotencia que demanda amor y reconocimiento sin ofrecer reciprocidad genuina. Este enaltecimiento narcisista dificulta la conexión auténtica con los demás, ya que requiere un esfuerzo psíquico constante para mantenerlo. En muchos casos, la inseguridad subyacente es su paradójica contracara. Tal como lo describe Winnicott (1965), un yo falso o defensivo construye una fachada aparente de estabilidad, pero en su núcleo es frágil y hueco.

La mirada del otro

Cuando la validación externa tiene mayor peso que la propia autovaloración, surge una dependencia emocional hacia el reconocimiento ajeno. En este contexto, el individuo busca demostrar constantemente su valía para obtener la aprobación del otro, lo cual genera un ciclo perpetuo de insatisfacción. Esta dinámica puede conducir a la alienación del sentido lúdico y espontáneo del ser, promoviendo una excesiva racionalización de la experiencia. El resultado es un yo que adopta posturas rígidas, desvinculadas de sus deseos auténticos.

Para aliviar la presión de sostener este ego hipertrofiado, la persona desplaza su identidad hacia objetos externos idealizados, como el éxito, bienes materiales, o incluso vínculos idealizados. Estas representaciones externas se convierten en la base de su identidad. Cuando estas metas se frustran—por ejemplo, al enfrentar problemas laborales, no alcanzar una figura idealizada o no cumplir con las expectativas familiares—, el yo se derrumba, mostrando su fragilidad. Este fenómeno puede explicarse desde el concepto de narcisismo secundario (Freud, 1914), donde la libido, en lugar de ser invertida en los objetos o en los otros, queda atrapada en la autorreferencia.

El yo auténtico

En psicología, el concepto de “yo auténtico” o self (Winnicott, 1965) describe una instancia dinámica, espontánea y libre de fijaciones rígidas. Este self es capaz de reconocer y aceptar tanto sus deseos como sus limitaciones, desplegándose plenamente en relación con los demás. A diferencia del “yo ideal”, que se construye sobre fantasías de perfección y omnipotencia, el self auténtico permite la integración de las imperfecciones y la responsabilidad sobre la propia existencia.

El conflicto entre el self auténtico y el yo ideal es común, especialmente en adultos que permanecen fijados en estructuras infantiles. Este desajuste genera tensiones psíquicas que, si no se resuelven, pueden derivar en un sentimiento de vacío existencial o una búsqueda compulsiva de validación externa.

¿Cómo sortear la tendencia egocéntrica promovida por la cultura y el consumismo? 

La respuesta a esta pregunta no es sencilla ni única. Sin embargo, dos formas de actividad humana pueden ayudarnos a descentrarnos:

1. El amor: Comprendido en un sentido amplio, incluye actos como cocinar para alguien, escucharlo atentamente o acompañarlo en su vulnerabilidad. Este amor genuino se orienta hacia el otro sin esperar una reciprocidad inmediata, promoviendo una conexión auténtica y desinteresada.

2. El trabajo significativo: Realizar actividades que nos permitan utilizar nuestros recursos psicofísicos para contribuir a una causa valiosa no solo refuerza nuestra autoestima, sino que también genera un sentido de propósito que trasciende al propio ego.

 

Ambas prácticas permiten desplazar el foco del “yo” hacia una interacción genuina con el mundo, facilitando el desarrollo de un self más equilibrado y auténtico.

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Referencias

• Freud, S. (1914). Introducción al narcisismo.

• Freud, S. (1923). El yo y el ello.

• Winnicott, D. W. (1965). El verdadero y el falso self.

 

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