Sometidos
La inteligencia como constructo psicológico se comenzó a medir a comienzos del siglo XX, en parte para la admisión de la escuela pública francesa y luego para encontrar buenos candidatos para la Segunda Guerra Mundial, como fue el caso de Estados Unidos. Estas primeras mediciones fueron evolucionando con el tiempo, se agregaron mas dimensiones, incluyendo las emociones y otros factores que hacen del estudio de la inteligencia una rama psicológica compleja y múltiple. Cada sujeto piensa y actúa de forma distinta, hay tantas inteligencias como seres, pero que es la ¿Inteligencia artificial?, antes que nada un invento humano, que siempre estuvo interesado en emular la computación con el cerebro y viceversa, con resultados variados, un caso positivo lo vemos en las teorías cognitivas de Fodor. También en la aplicación para ciertos trastornos del aprendizaje como en la neuropsicología cognitiva. Ahora bien, lo que diferencia estos "modelos" de la nueva inteligencia artificial, es que estos últimos "aprenden" de la interacción con el humano, mediante millones de transacciones de información diarias, corrigen, perfeccionan un lenguaje a medida de un arquetipo humano. Como si se tratase de la inteligencia del planeta Solaris en la película homónima de Tarkovsky, es una inteligencia que puede penetrar en nuestra consciencia, casi sin que nos demos cuenta.
Una de las cualidades del funcionamiento del ser humano, que fue vital para la supervivencia de la especie, es el de la economía de recursos, aunque nos digamos a nosotros mismos que la IA es una herramienta solo para ser usada en determinadas circunstancias específicas, la realidad resultará ser bien distinta, como nos ahorra recursos cognitivos será asimilada como una inteligencia externa, como un andamiaje, entonces deja de ser importante tener un juicio crítico o resolver un problema o pensar la mejor decisión para nuestras vidas si alguien o algo puede hacerlo por nosotros (otra característica humana, la dificultad de tomar decisiones), ¿No recurrimos a las fotos del celular para no esforzarnos en rememorar y tener una imagen mas nítida del pasado? Esta imagen excede la forma en que recordamos, lo hace de manera mucho mas eficiente, pero en el sujeto el olvido tiene una función psíquica, colabora con los duelos, nos ayuda a adaptarnos a las diferentes etapas de la vida, nos aleja de la idealización para adentrarnos en un presente en el que tenemos que trabajarlo para sostener un bienestar sólido.
Una de las características de la tecnología de la información es la abundancia, el exceso de todo, produce un sujeto extraviado que no puede elegir, por que esto implica perdida, pero nada se quiere perder, si nos ofrecen todo, ¿por qué no tenerlo todo?. Pero la contracara de la abundancia es la finitud: nada permanece, todo tiene que durar un tiempo muy breve, nuestra atención esta sobresaturada, y si nos proponemos una tarde libre enseguida nos sentimos vacíos o aburridos, porque nos acostumbramos a los estímulos permanentes. Y esto nos vuelve ciegos, muchas veces viviendo vidas forzadas, al límite, para sobrevivir, entre el vacío existencial y el estimulo permanente.
Es por eso que, en tiempos donde la inteligencia artificial parece demasiado accesible, sería inteligente al menos cuestionarnos, si vamos a dejar de utilizar nuestros recursos cognitivos, en manos de que o quien lo estamos dejando, a quien le brindamos nuestra información, quien esta detrás de estos modelos de lenguaje. Por qué el desafío de esta época es volvernos mas humanos, y sin embargo la tendencia es a perder la esencia, el aroma del tiempo, el sujeto deja de usar las herramientas tecnológicas para volverlas un fin en sí mismo y se vuelve su esclavo. El sujeto queda entonces como su nombre lo indica, sujetado, atado a la propia telaraña de información que el mismo tejió.
Subjected.
Intelligence, as a psychological construct, began to be measured at the beginning of the 20th century, partly for admission to French public schools and later to identify good candidates for World War II, as was the case in the United States. These early measurements evolved over time, incorporating more dimensions, including emotions and other factors, making the study of intelligence a complex and multifaceted psychological branch. Each individual thinks and acts differently—there are as many intelligences as there are people. But what is artificial intelligence? First and foremost, it is a human invention, stemming from humanity’s perennial interest in emulating computation with the brain and vice versa, with varied results. A positive example can be seen in Fodor’s cognitive theories or the application of cognitive neuropsychology to certain learning disorders.
However, what sets these “models” apart from the new artificial intelligence is that the latter “learns” from interaction with humans. Through millions of daily information transactions, it refines and perfects a language tailored to a human archetype. Much like the intelligence of the planet Solaris in Tarkovsky’s eponymous film, it is an intelligence capable of penetrating our consciousness, almost without our realizing it.
One of the qualities of human functioning, vital to the survival of our species, is resource economy. Even if we tell ourselves that AI is merely a tool to be used in specific circumstances, the reality will likely be very different. Because it saves us cognitive resources, AI will be assimilated as an external intelligence, a kind of scaffolding. Thus, it becomes less important to develop critical judgment, solve problems, or make the best decisions for our lives if someone or something else can do it for us (another human trait: difficulty in decision-making). Do we not rely on photos on our phones to avoid the effort of recalling and to have a clearer image of the past? This image surpasses our natural memory by being much more efficient. However, in humans, forgetting has a psychological function: it facilitates mourning, helps us adapt to the different stages of life, and distances us from idealization, pushing us to engage with the present, which we must work on to sustain solid well-being.
One of the characteristics of information technology is abundance—an excess of everything. This creates a disoriented subject who cannot choose because choosing involves loss, and nothing is meant to be lost. If everything is offered to us, why not take it all? Yet, the counterpart to abundance is finitude: nothing lasts, everything is fleeting. Our attention is oversaturated, and if we plan a free afternoon, we soon feel empty or bored because we have grown accustomed to constant stimulation. This makes us blind, often living strained, extreme lives just to survive, caught between existential emptiness and permanent stimulation.
That is why, in times when artificial intelligence seems overly accessible, it would be wise to question ourselves: if we are going to stop using our cognitive resources, into whose hands are we placing them? To whom are we giving our information? Who is behind these language models? The challenge of this era is to become more human. Yet, the trend is to lose our essence, the aroma of time. People stop using technological tools as a means and turn them into an end in themselves, becoming their slaves. The individual, as the term suggests, is subjected—bound to the very web of information they themselves have woven.